LA VENTA DEL COJO
Este fin de semana vino Tomás a Murcia. Hacía dos meses que no venía, desde navidad, y es que está hasta arriba de trabajo y liado en acomodar su nueva casa madrileña. Quedamos para tomar una cerveza el sábado a medio día en la plaza de las flores, pero llegó a mi casa con el coche, me subí para saludarlo y antes de darme cuenta habíamos cogido la salida de la autovía y a la altura del río me preguntó a dónde íbamos a ir a comer. Una encerrona que se llama.
El sábado fue sin duda el día más caluroso de lo que llevamos de año, pasamos los 30 grados. El tráfico que había en dirección a las playas a medio día era impresionante y tomamos la salida de Corvera para desviarnos justo en lo más alto del puerto de la Cadena por una carretera llena de almendros a los que le queda muy poco para estar en flor confundidos por las locuras del tiempo murciano.
Con el aire acondicionado roto llegamos asfixiados a la Venta Del Cojo. Yo no la conocía, pero me dio la sensación de que Tomás ha sido abonado en su etapa murciana.
La Venta del Cojo no es como las típicas ventas de carretera en las que siempre paramos, tiene un encanto especial por su emplazamiento, en mitad de la nada de un campo repleto de almendros con vistas a todo el campo de Cartagena, por la gente que la lleva, una familia entera, desde el padre en la cocina (el cojo), la mujer y la hermana sirviendo las mesas con la amabilidad de una mujer de 55 años que vive para eso y se le ve que lo disfruta, (merece la pena preguntarle por algún plato recomendado para oírla hablar de su cocina) hasta los hijos que están por allí limpiando, sacando agua del pozo, partiendo almendras,…
Nos sentamos fuera, en la terraza, para disfrutar las vistas que comentaba, a pesar de que dentro hace un fresco especial, y pedimos. Me voy a reservar el menú para obligaros a ir y descubrirla, para el que no la conozca, y sólo contaré que una niña que teníamos en la mesa de al lado se volvió en un momento dado, de rodillas en su silla y con descaro contó los platos que había en nuestra mesa, luego comprobó que éramos dos varias veces y se volvió para decirle a su madre “mamá!! Has visto estos nenes cuanto comen??!!”.
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